Sabías que me encantaba, y te entregabas por completo a ello. Y era normal ya que al mismo tiempo te volvía loca. Transformarme en un ciego con un libro en braille ante él y leerte por dentro con la yema de mis dedos. Revelar todos los secretos que tu cuerpo encerraba en tu interior con tan solo dos dedos me daba la certeza de que eras mía porque tu intimidad me susurraba al hacerlo.

Tu voz entrecortada me iba guiando con sutiles gemidos. Tus manos agarrando el hierro colado que remataba la cama no hacían más que confirmarme que te estaba leyendo como querías ser leída. Y conforme iba llegando al final de la historia tus piernas anticipaban el giro argumental final: un grito desde lo más profundo de tu garganta y esa curva antinatural de tu espalda.

Y como siempre, con tu sonrisa pícara casi sin poderte mover intentaste que no pudiera leer el epilogo para leerlo tú: Lamer tu esencia directamente desde mis dedos

Vivió casi toda su vida a base de derrotas. A base de descerrajarse tiros en la sien con esa pistola de espíritu que siempre llevaba cargada. A base de comprar acciones de ese pegamento ultrarfuerte e instantáneo por tantos botes que había gastado pegando los trocitos de corazón que recogía del suelo una y otra vez.

Vivió alimentado por la eterna búsqueda de esa musa que le terminara de definir, que inspirara no sólo sus palabras, sino cada uno de los segundos hasta su muerte. Se forjó, como las grandes espadas, a base de fuego y martillazos y eso moldeó su forma de expresarse.

Y pese a todo, al final, vio que todos sus esfuerzos fueron en vano porque sus mejores logros, sus mejores ideas, su reconocimiento, se lo robó un doble más joven, más pulcro, más cobarde…

Dice la leyenda que después de una batalla siempre llueve. Quizá sea la Tierra llorando por sus hijos caidos en combate. Quizá sea la polvora cargando las nubes. Quizá sea en el fondo la manera que tienen los supervivientes de enfocar su tristeza.

Pero ahora esa leyenda se había cumplido. Cierto que la batalla se desarrollo en mi interior, cierto que lucharón mi corazón contra mi cabeza e igual de cierto que no hubo vencedores, pero el cielo lloraba por mí.

Y es que mi cabeza me decía que todo era humo pero mi corazón me impulsó a presentar batalla. Y allí quedé bajo la lluvía herido de muerte, esperando mientras me desangraba que los saqueadores de cadaveres tuvieran la decencia de dejarme la ropa interior cuando me tocara mi turno.

La comida le quemaba en la boca, pero tenía que tragársela, arroz ardiendo mezclado con huevo frito y trocitos de jamón york. El cuerpo se había adaptado a tener las manos atadas a la espalda, llevaba días sin ver el sol pero allí estaba su arroz a través de la cuchara de un hombre fornido con pasamontañas, quemándole el estómago en cuanto pasaba por su esófago. Si no comía recibiría una dosis de electroshock y si tenía que elegir, prefería morir comiendo a la electricidad.

¿Cómo había llegado a esa situación? ¿Qué dirían sus hijos si algún día volvían a verlo? ¿Cómo le mirarían a los ojos? ¿Y su mujer? Habían discutido por el tabaco ¿sería ese su último recuerdo?

—Tú no tienes hijos, Daniel —.
—¿Co-cómo dice? —Escupió el arroz —. ¡¿Qué les habéis hecho?!
—Bienvenido al nuevo programa de realidad virtual, ha superado con éxito la primera evaluación. Le hicimos creer que un día tuvo mujer e hijos, pero usted duerme solo en la calle ¿empieza a recordar? Abra los ojos.

Despertó en una sala llena de cables y el sabor abrasador se fue diluyendo acercándole al mejor día de su vida. Una lágrima escapó por su mejilla.

Nunca se cansaba de mirarla como la primera vez. Esa mezcla de fascinación y delito. No se cansaba de recorrer esas facciones delirantes con la mirada, como preludio de lo que anhelaba recorrer a través de su saliva.

Sabía que nadie lo entendería. Sabía cuan escandaloso podría ser de salir a la luz. Sabía, de hecho estaba seguro, de que la vida nunca volvería a ser igual y que les separarían. Esa sociedad envidiosa, esa sociedad arcaica. Anquilosada en sí misma.

Se sacudió los problemas de la cabeza y como cada tarde le ayudó a salir de su cama para acogerla en sus brazos en una explosión de amor. Y como cada tarde, al principio le costaba un poco acostumbrarse a la gélida temperatura de su piel tiempo atrás muerta.

Había sido una experiencia menos traumática de lo que pensaba. Al menos, menos traumática que la que le hizo tomar esa decisión. El dolor aún le transmitía punzadas que le recordaban que ya no sería capaz de volver a experimentar ese horror, esa repulsa, esas ganas de matar.

Tenía que hacer algo. Descargar la rabia que contemplar esa serie de imagenes le había provocado. Quería matar a alguien, pero quien se lo merecía, el protagonista de esa insana aberración que había visto, era demasiado anónimo como para alcanzarle. Así que ya que no podía evitar que ese tipo de cosas siguieran pasando evitaría, al menos, que le llegaran.

Y fué así, como sus propios ojos acabaron mirandole fijamente desde la mesita de su habitación arrancados de sus orbitas.

Nadie le enseñó como debía sentir. Nadie le mostró el camino que tenía que seguir a traves del sinuoso laberinto de tu piel y de tus pliegues de ropa. Tuvo que improvisar y lo hizó de la unica manera que sabía. La única manera que sentía como propia. Como lo que era en lo más profundo de su ser. Como un animal.

Y así, olisqueando el aire se acerco a tu corazón. A base de mordiscos y zarpazos te abrió el pecho y tras dar cuatro o cinco vueltas sobre si mismo por fin encontró el hueco perfecto para tumbarse a esperar la eternidad dentro de ti

A veces se sorprendía sintiendo en unos y ceros. Cada vez le sucedía más veces al día y lejos de extrañarse por algo tan absurdo empezaba a sentirse bien únicamente durante esos momentos.

Sabía de sobra que ese tipo de sentimientos lo único que hacían era aislarle cada vez más de ese mundo real que tanto le aburría y, sobre todo, le decepcionaba. Y eso en realidad le alegraba. Le alegraba tener una vía de escape. Algo que le seguía ilusionando, algo en definitiva que llevaba la forma de una sonrisa digital.

Podías haber escogido la pastilla azul, pero igual que ese gran icono de la subcultura moderna elegiste la pastilla roja y has decidido acompañarnos en este viaje a través de la madriguera del conejo blanco.

Este blog es una pequeña aventura compartida por dos individuos singulares. Dos visiones muy semejantes de ver la distopía en la que se ha convertido esta cosa llamada vida.

Os animamos a que sigáis descubriendo a traves de micro-relatos nuestra visión, así que agarraos fuerte porque el viaje comienza

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