Sabías que me encantaba, y te entregabas por completo a ello. Y era normal ya que al mismo tiempo te volvía loca. Transformarme en un ciego con un libro en braille ante él y leerte por dentro con la yema de mis dedos. Revelar todos los secretos que tu cuerpo encerraba en tu interior con tan solo dos dedos me daba la certeza de que eras mía porque tu intimidad me susurraba al hacerlo.
Tu voz entrecortada me iba guiando con sutiles gemidos. Tus manos agarrando el hierro colado que remataba la cama no hacían más que confirmarme que te estaba leyendo como querías ser leída. Y conforme iba llegando al final de la historia tus piernas anticipaban el giro argumental final: un grito desde lo más profundo de tu garganta y esa curva antinatural de tu espalda.
Y como siempre, con tu sonrisa pícara casi sin poderte mover intentaste que no pudiera leer el epilogo para leerlo tú: Lamer tu esencia directamente desde mis dedos